La antioqueñidad entre mito y realidad

“Lo peor: Que somos mezcla de las tres sangres; ocultamos como un pecado a nuestros ascendientes negros e indios. Somos seres que se avergüenzan de sus madres, o sea, los seres más despreciables que pueda haber en el mundo. En realidad, tal mezcla es un bien; pero en la conciencia tenemos la sensación de pecado. Vivimos, obramos, sentimos el complejo de la ilegitimidad”  – Fernando González en Los Negroides, 1936.

En realidad, todo escritor antioqueño tiene que escribir, por A o por B, acerca de la antioqueñidad. Veo yo que es en la literatura en donde se puede encontrar mejor definido dicho concepto, si es que es posible hablar de un concepto de lo antioqueño. Voy a dar mi propio punto de vista a sabiendas que en la parroquia siempre habrá quien se opongo al mejor estilo antioqueño.

Pero antes miremos lo que dicen algunos autores contemporáneos.

Reinaldo Spitaletta, mi tocayo, concluye en su artículo “¿Qué es esa vaina de la antioqueñidad?“:

Tal vez han cambiado las “cremas y natas”, algunas de ellas reemplazadas por advenedizos “café con leche”. A lo mejor, cambiaron los amos, aunque, en esencia, los esclavos sigan siendo los mismos. No sé si nuestras simpatías y temores sigan estando entre Dios y el diablo, pero si uno u otro —o los dos— da platica (¡A la plata!, dirá Carrasca), pues, queridos, ahí estamos pa’ las que sea. “Vale Jesús lo mismo que el ladrón”, como en aquel tango. Qué vaina pues – Reinaldo Spitaletta, 2013.

La psicóloga antioqueña y residente en Bogotá, Clarita Gómez de Melo, escribe en “Lo feo del paisa“:

El auge del narcotráfico y la violencia nos avergüenzan callada e íntimamente y por eso ahora solo hablamos de cómo somos de buenos, inteligentes, recursivos y pacíficos. “Chicaniando”, mostrando la mitad de la moneda. Nos volvimos mentirosos, para engañar a todo el que viene a Medellín y nos acabamos creyendo la mentira. Por eso, no podemos arreglar los problemas que tenemos. Cómo mejorar la educación, si estamos convencidos de que es una maravilla? Cómo resolver el problema de la violencia, si creemos que es igual en todas partes y que es lo mismo en Nueva York o Bogotá, donde también lo matan a uno? Pero no vemos que en Medellín mueren 3.000 personas al año, cuando en Bogotá, que tiene tres veces más habitantes, ya han logrado bajar a menos de 2.000 – Clarita Gómez de Melo, 2002.

El neologismo “Paisa”

De alguna manera la palabra “paisa” reemplazó a la concepción original de “antioqueño”, pero es una palabra desconocida durante el siglo XIX y gran parte del siglo XX. En realidad se desconoce su origen y cómo llegó a ser tenida como un sinónimo de antioqueño, el cual entra en decadencia justo cuando la llamada Antioquia la Grande es desmembrada en cuatro departamentos, tres de ellos de menor territorio, pero que contenían las raíces antioqueñas. Eso dio como resultado que la palabra antioqueño excluyera geográficamente a los que se quedaron en los departamentos de Caldas, Risaralda y Quindío. Si dices antioqueño, ya no los incluyes.

El fin de la era liberal de fines del siglo XIX en el cual se pasó de un país federalista a uno centralista y el advenimiento de la revolución industrial que tuvo gran epicentro en Antioquia, pudieron determinar esa idea de una unidad territorial y cultural que hizo hablar de un país antioqueño  o, simplemente, un País A… un paisa. En dicho neologismo, seguramente de principios del siglo XX, en pleno auge de la industrialización, se incluye entonces a una determinada población que se siente unida por unos lazos culturales complejos y una identidad más llena de preguntas que de evidencias.

Por último, algo que pienso muy preponderante en el proceso de formación de dicha identificación del antioqueño con el paisa es, sin duda, el tradicional desdén del bogotano por Antioquia o, ahora se podría decir, por la Región Paisa. Desconocer las tensiones entre la capital y el mundo paisa no ayudaría a ningún estudio objetivo. ¿Racismo? ¿Celos? ¿Desdén de lo urbano por lo rural? Es un tema que merita un estudio profundo y que, seguramente, aportaría mucho a ese proceso de identidad del paísa el cual surge en contraposición al centralismo bogotano. Por más chistes que los paisas hagan del mundo costeño, en realidad dicha región les está más cercana que la bogotana en todo sentido, incluida la nostalgia antioqueña por el mar.  Continue reading “La antioqueñidad entre mito y realidad”

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Las dos pandillas

“En definitiva, lo que hace mover al mundo no es sino el ánimo de los héroes”. (Fernando González Ochoa – Viaje a Pie, 1929)

1. Los hermanos

       Hace mucho tiempo, en el barrio Doce de Octubre, se formaron dos pandillas de muchachos. Estas dos pandillas no eran como esas tristemente célebres pandillas de sicarios que solían sembrar el terror en tierras de la Bella Villa, sino dos grupos de muchachos alrededor de dos banderas de fútbol: los del Club Atlético Nacional y los del Deportivo Independiente Medellín.

            Otra característica de estas dos pandillas era que sus jefes eran hermanos: Ramiro, del DIM, tenía por entonces 12 años y su hermano Raúl, del NAL, tenía 14. Vivían en una casa en la esquina de la cuadra y ambos estudiaban en la Escuela de Varones José Antonio Saldarriaga, abajo, en el popular barrio Santander, tierra en donde nacían muchos y se criaban pocos.

            Hermanos que eran, tenían tantas diferencias, que muchas personas no se daban cuenta que eran hermanos hasta que no les decían y diciéndoles no lo creían y creyéndolo lo ponían todavía en duda. Y no era porque no tuvieran parecidos físicos, pues los dos eran rubios como el papá, altos y de nariz respingada, orejas grandes como de conejo y el mismo caminar como cansado. Era más bien esta diferencia basada en su profunda afición a los respectivos equipos que los hacía diferentes. Estas disputas que nacían entre ellos, las tenían no sólo en la escuela y en la cuadra, sino también en la casa y hasta en el mismo cuarto, porque como las casas del Doce de Octubre eran tan pequeñas en aquellos tiempos, apenas habían dos habitaciones, una para los cónyuges y otra para todos los hijos, fuesen dos o diez. Por fortuna don Reinel sólo tenía estos dos hijos, aunque con ellos dos bastaba para prenderse una guerra, como solía decir en la tienda de don Enrique. Continue reading “Las dos pandillas”

Los sueños nunca mueren

Al principio molestaba a mi mente algo que no era…

Ahora ya no está

1

       Alí vio en el horizonte de arena una figura humana frágil, pero que se batía contra el viento del desierto con seguridad. Casi creyó que era un espejismo hasta que estuvo enfrente a un anciano demacrado, de mirada seria y barba hasta el pecho que lo miraba entre dos redondos espejuelos agarrados a sus dos orejas empequeñecidas por los años y el calor del sol sahariano. Alí había oído desde niño historias de hombres que abandonaban la ciudad para perderse por siempre entre los valles muertos y entregarse definitivamente al que está oculto en el sol, pero nunca había visto uno en persona. Toda su vida la había pasado al lado de la pirámide de Keops, con un camello que ofrecía a los turistas que venían a contemplar el arrume de piedras dejadas allí milenios atrás para guardar los huesos de faraón que ahora reposaban en un museo.

-¿Dónde es el valle de los reyes?- le preguntó el anciano alzando de la arena remolínica un cayado labrado de madera con cabeza de cobra.

-El Luxor… pero es muy lejos de aquí- respondió Alí.

-Debo llegar allá.

-¿Por qué?-  preguntó Alí con el temor de ser imprudente.

-Tengo una cita.

            Alí lo miró de arriba abajo y contempló la túnica rasgada por vientos de valles remotos en donde pocas personas habían estado jamás.

-Mi nombre es Blaguer.

-Yo soy Alí, hijo de Mohamed, vivo en El Cairo. ¿De dónde viene usted?

-De muy lejos.

-No parece extranjero, pero tampoco puedo identificarlo con ninguna provincia… ¿Es del Alto Egipto?

-Basta decir que vengo de muy lejos. Voy al valle de los reyes y también debo ver el Templo de Karnak y Luxor.

-Bien, eso es bastante lejos. Es en Alto Egipto… talvez deba tomar el tren. Son unas diez horas. Si lo toma esta noche, estará allá mañana por la mañana en Luxor.

-¿Hacia dónde es Luxor? ¿Podría señalarme la dirección?

            Alí miró hacia el sur y lo señaló con un bastoncillo que llevaba en la mano. Entonces Blaguer comenzó a caminar hacia allá como si Alí le hubiese dado una orden, después de decirle gracias sin mirarlo.

-¿Piensa ir caminando? ¡Está muy lejos! Tome el tren. Si no tiene dinero yo le doy algo. Continue reading “Los sueños nunca mueren”